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De don Edmundo Villouta o de la desesperada necesidad de una buena política.

La política es mucho más que un concepto teórico, es eminentemente una actividad realizada por personas. La consecuencia lógica de eso, es que la calidad de la política es directamente proporcional a la calidad de las personas que la ejercen.

Pero aquí tenemos un problema evidente. Si hoy existe una mala opinión generalizada de la política, es porque quienes se han dedicado a esta actividad en los últimos tiempos, lograron erosionar gravemente su sentido más profundo y su carácter más noble. La política nace y tiene valor, en tanto las comunidades humanas, le encomiendan a ciertas personas la tarea indispensable de buscar el bien común y estas, con sus mejores capacidades, entregan su vida a esa misión superior.

Nuestro drama actual, es que la política, debiendo ser asumida por las y los mejores mujeres y hombres, ha caído en manos de mercaderes del poder, cuyo interés primordial ha sido generar transacciones que terminen beneficiándolos a ellos y sus partidos. En ese escenario el bien común ha quedado limitado a la calidad de hermosos discursos retóricos y nada más. Los que sufren las consecuencias de todo esto, son los mismos y las mismas de siempre: las grandes masas de excluidos de condiciones de vida mínimamente dignas.

Pero, como casi todo en la vida, siempre es posible encontrar excepciones. Y son estas excepciones, las que, encarnadas en personas normales pero extraordinarias a la vez, nos permiten seguir creyendo en que un mundo distinto y mejor, es posible.

En efecto, hay héroes y heroínas de la política, muchas veces anónimos, que nos comprueban que esta actividad se puede vivir como una entrega permanente al servicio de los demás. Yo tuve el privilegio de encontrarme con uno de esos hombres, cuyo testimonio y ejemplo, se transformaron en mis convicciones sobre la buena política. Su nombre es: Edmundo Villouta Concha.

Hace algunas horas don Edmundo ha partido después de una fructífera vida de 94 años, pero su presencia se agranda a cada momento y su modo de hacer política, se hace cada vez más urgente, en el tiempo crucial que vive Chile.

Recuerdo como si fuera ayer, cuando tenía 14 años, y me encontraba sufriendo la pobreza y marginación social más profunda. Estudiaba en el Hogar Providencia del Sename, y en ese momento de total desesperanza, llegó a buscarme don Edmundo, ex diputado democratacristiano por La Araucanía, otrora vicepresidente de la Cámara de Diputados. Recuerdo me dijo que ya no iba a estar más solo, que me iba a dar una beca para estudiar, siempre y cuando tuviera buenas notas. Y así fue, me becó para estudiar y, con ese gesto, definió el resto de mi vida.

Me trató, no como a un elector o un pobre desamparado, sino como a un hijo. Me trató como persona, como cualquiera se merece. En mi matrimonio, sus palabras brotaron con total espontaneidad y dijo a todos los presente: “para los que no me conocen, yo soy el papá de Diego Ancalao, es el hijo que por cariño yo he decidido tener”.

Estas palabras son en reconocimiento a este gran hombre, de una bondad infinita, que puso las piedras que cimentaron el camino de la lucha que yo he emprendido hasta hoy en día, y que seguiré dando hasta mi último aliento. Él me recordaba con frecuencia algunas cuestiones esenciales y me decía: “tienes que luchar por tu pueblo, tienes que prepararte para defender a tu pueblo. Tienes que estudiar por tu pueblo, tú no estás solo. Tienes que estudiar, porque el conocimiento es poder”.

Él me regaló mis primeros libros de Aristóteles y de Platón, donde conocí a Sócrates, como ejemplo de lo que representa el compromiso con las ideas. Me enseñó todo lo que no se enseña en la escuela, pero que resulta fundamental para conducirse con rectitud en la vida. Es por eso que rindo homenaje a quien creyó en mí cuando era un niño y vivía sumido en la segregación insondable que experimenta un niño pobre, indígena y marginado de la sociedad. Creyó en mí, me mostró que querer es poder, y que reafirmó que tenía una misión que cumplir por mi pueblo.

El escritor Tom Peters dice que los verdaderos líderes no crean seguidores, crean más líderes. Don Edmundo recorrió los caminos de La Araucanía y de la Provincia de Malleco, sembrando humanidad y cosechando personas que aprendimos de su ejemplo. Agradezco a la vida la posibilidad de haber compartido tiempos imborrables con un maestro, que decía lo que pensaba y hacía lo que le dictaba su conciencia.

Tal como decía que yo era un hijo para él, él fue un padre para mí. Y el mejor homenaje que puedo hacer a su memoria y a su presencia permanente, es ni más ni menos que cumplir la misión para la cual me formó desde tan pequeño.

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