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¿Por qué gana la derecha en La Araucanía?

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En reiteradas ocasiones me han preguntado por qué en la región más pobre de Chile, en la que grandes forestales obtienen pingües ganancias a costa de ocasionar severos daños ambientales, económicos y sociales, con un alto porcentaje de población Mapuche, pobre e históricamente segregada, gana la derecha. La respuesta es multicausal y necesita de un estudio profundo, no obstante, se puede decir lo siguiente.

En primer lugar, en La Araucanía solo votó el 43% del padrón electoral en primera vuelta y 47% en segunda, lo que indica que más de 400 mil personas no se sienten representados por ningún partido ni movimiento político, seguramente porque llevan años escuchando promesas y más promesas, mientras siguen angustiados por el pago de las cuentas de los servicios básicos, sufren una indignante atención en la salud, reciben una pensión asistencial que los hace vivir al límite y rebuscan un trabajo informal para poder satisfacer sus necesidades básicas, mientras ven que el Parlamento, los representantes del pueblo, discuten su propio aumento de sueldo (dieta). Así, creen que la política no tiene nada que ver con ellos, que es un negocio y que lo que pretenden pasar por debate no es nada más que entretenimiento.

Mientras que los que votan lo hacen por diversas razones (por convencimiento ideológico o por comportamiento cultural), aunque la de mayor peso a la hora de la verdad es el soporte económico y el gasto electoral que derroche, dentro y fuera de los márgenes legales establecidos. Ya me dirá usted quien tiene mayores posibilidades de ganar un cupo en nuestro democrático Senado: un candidato que gasta hasta 800 millones de pesos o un candidato que gasta 8 millones. Nuestra democracia es más propiamente una plutocracia: ejerce la representación del pueblo quien tiene más recursos económicos propios (fortuna bien o mal habida) o ajenos (donaciones legales y extra legales).

En La Araucanía aún los descendientes de aquellos latifundistas que a la buena o a la mala se apropiaron de gran parte de los recursos naturales de nuestra zona (tierras, aguas, bosques, etcétera) ejercen un cacicazgo latifundista sobre una masa dependiente y sometida que, a la usanza de Arturo Alessandri, aplaude y vitorea a quien lo trata  de chusma inconsciente, regalando su voto al patrón de fundo que les promete (desde hace cincuenta años o más) que con ellos (la derecha de siempre) tendrán más y mejor trabajo o a lo menos lo mantendrán (“no te olvides Juanito por quién “tení” que votar si “querí” seguir trabajando”). Por eso el patrón de fundo, con fenotipo de colono latifundista europeo, que viene de fuera de la región a ofrecer trabajo a los gañanes puede obtener la primera mayoría fácil en esta región.

A este estado de cosas ha contribuido, sin dudas, la falta de pedagogía política de los gobiernos de centro izquierda que sólo han practicado el asistencialismo a través de programa Puente, bonos y subsidios de lo que se le ocurra, sin que la gente sepa de dónde sale el dinero y porque a pesar de todo aún siguen siendo pobres. El asistencialismos es el mejor método para mantener una masa que sólo está presta a estirar la mano y devolver los favores que supuestamente les hacen demagogos y populistas de toda estirpe. El “clase media aspiracional” o “cuico pobre” es el producto funcional de este modelo.

Este fenómeno es similar al síndrome de Estocolmo, un trastorno psicólogo por el que las personas secuestradas se identifican progresivamente con sus secuestradores; los rehenes terminan  amando a sus secuestradores. En La Araucanía el síndrome de Estocolmo a lo mapuche permite que los pobres, marginados y discriminados idolatren, defiendan y voten por los mismos que los han esquilmado, reprimido, estigmatizado y empobrecido para que estos los sigan tratando como dependientes, casi menores de edad sin responsabilidad, y puedan mantener sus privilegios a costa de mantener a esta región como la más pobre de Chile.

Piñera tuvo éxito en la capitalización electoral del miedo y el terror al mejor estilo de la derecha colombiana, con frases como “hay que combatir el terrorismo en la Araucanía”, habiéndose comprobado que no hay terrorismos, “Chile será como Venezuela”. Los medios fueron las mejoras armas en este bombardeo comunicacional, y los que creyeron ya no son víctimas, son culpables o cómplices.

Como Mapuche me encuentro en el centro de fuerzas opuestas. Por un lado están los complacientes que sin respeto por sí mismos desean “ser alguien” estirando deshonrosamente la mano a la espera de bonos y subsidios a cambio de no cuestionar, pensar o criticar la situación de dependencia material y mental en la que se les conserva, especialmente si ya le han hecho creer que son de “clase media” y, por lo tanto, deben defender su escasa propiedad y su zona de confort conseguida a pura deuda (es decir, a pura dependencia de largo plazo).

Por otro lado están los flagelantes, llenos de resentimiento, odio y frustración nacida de la violencia estatal que lanza bombas lacrimógenas a niños en las escuelas y golpea a sus padres y abuelos en allanamientos legales e ilegales, que sólo creen en la violencia como vía de solución, llegando a defender opciones de indigenismo fundamentalista. También están los hermanos seguidores de la tradición judeo-cristiana que están demasiado concentrados en salvarse a sí mismos y obtener pasajes al cielo, olvidándose de la salvación colectiva de su pueblo aquí en la tierra, como lo hizo Moisés respecto de la esclavitud de su pueblo.

Aunque menos, existe además un pequeño grupo seudo racista que cree que para ser mapuche hay que conservar la sangre pura al fracasado estilo NAZI, vivir en el campo, andar con manta y trarilonco y criticar todo lo que no es mapuche, mientras usan plataformas de comunicación norteamericanas, celulares chinos o coreanos, autos japoneses y critican a sus hermanos creyéndose sabias.

Creo que no debemos seguir el camino del complaciente asimilado ni el camino del odio de los hermanos violentados, menos el del salvarse solo o el de los que se creen puros de sangre; por el contrario debemos tomar el camino de la acción política, recuperar nuestra conciencia de nación, acceder al poder y cambiar nuestras realidades de pueblo. Me niego a aceptar la resignación como la respuesta a estos tiempos y me niego rotundamente a perder la fe en mi pueblo.

Tengo claro que no se podrán atenuar jamás las desigualdades económicas y sociales si los que no son pobres sigan hablando por los pobres, si los que no son indígenas se siguen refiriendo a los problemas de los indígenas, si los que no están marginados siguen ganando votos, cargos y dietas a nombre de los históricamente marginados. Debemos ser conscientes de nuestra situación y de nuestra responsabilidad histórica para enfrentar el desafío de acceder al poder para decidir nuestro propio futuro y contribuir de esta manera a ser un país más justo e inclusivo.

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Diego Ancalao

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