La clase política, consecuente con su conducta habitual, se ha burlado del sentir popular y ha diseñado un proceso constituyente a su exacta medida, para que, al final, las cosas sigan más o menos como las conocemos. Esto resulta doloroso, pues soy consciente de que escribo mientras miles de familias se baten en la miseria material, luchando por las cosas más básicas para una vida digna y confiando en un cambio verdadero. Este año los políticos filibusteros y su coreografía electoral volverán a meterse en las comunidades, con un discurso renovado, que buscará convencernos de que esta vez sí que sí se logrará un Chile distinto. En tiempos en que la política se ha vaciado de aquello que le da sentido, no podemos buscar respuestas en el mismo circo, más bien hay que exigir que quienes han usado la política para beneficiarse, den cuenta de sus actos y luego pedirles que se dediquen a otra cosa, donde puedan hacer menos daño. 

La política se ha ido asemejando cada vez más a un cierto espectáculo mediático, un show de las redes sociales y televisivas en que la casta política intenta seducirnos, una vez más, con su performance de contorsiones asombrosas.  

Tal como ocurría en el corazón del Imperio Romano, nuestros “líderes” nos ofrecen a diario el infinito peregrinar de sus figuras en la arena del Coliseo, asegurándonos “pan y circo”. Claro que más que un enfrentamiento de gladiadores, esto parece un encuentro de transformistas, pero de mala calidad y aburrido.

Todo esto podría ser divertido, si no adoleciera de varios problemas graves. El primero de ellos es que los artistas que aparecen y reaparecen han ido envejeciendo ante nuestros ojos. Yo, como mapuche, tengo respeto por los ancianos, que generalmente adquieren una madura sabiduría y son capaces de orientar las buenas decisiones y guiar a las nuevas generaciones. Más bien hablo de figuras viejas, cuyo objetivo en la vida consiste en mantener los privilegios que han construido a costa del bien común y, para ello, son capaces de cualquier cosa. 

Aquí tenemos otro problema, existen rostros nuevos que representaron la esperanza de un cambio profundo. Sin embargo, esos jóvenes envejecieron en tiempo récord y adquirieron las malas prácticas de sus antecesores. Otra decepción infligida al alma de un pueblo que ya no sabe en quién creer.

En tiempos en que la política se ha vaciado de aquello que le da sentido, no podemos buscar respuestas ni en la academia, ni en los intelectuales, ni en los templos, más bien hay que exigir que quienes la han usado para beneficiarse, den cuenta de sus actos y luego pedirles que se dediquen a otra cosa, donde puedan hacer menos daño. 

Hoy vivimos un momento crucial en un esfuerzo que se ha levantado desde abajo, desde la periferia, para mejorar definitivamente esta democracia que se ha ido dibujando de la mano de varias generaciones de artistas de la política. Y vemos cómo desfila en esta pasarela un conjunto de personas que se manifiestan disponibles para asumir una carrera presidencial y conducir los destinos de Chile. La mayoría de ellas muy conocidas y que han demostrado hasta el cansancio que representan esa vieja política que terminó por agotar la paciencia y la credibilidad de toda la gente, “avaladas” por alguien que les da su bendición y el mandato de continuar una supuesta obra inconclusa. Otros eventuales candidatos son más jóvenes y menos conocidos, pero son, evidentemente, los herederos entusiastas de un mundo que se niega a morir.

Como se recordará, el poema épico La Araucana señala: “La gente que produc, es tan granada, tan soberbia, gallarda y belicosa, que no ha sido por Rey jamás regida ni a extranjero dominio sometida”. Se refiere a la actitud del pueblo mapuche ante los reyes y los gobernadores designados. A los españoles, en cambio, se les imponían gobernantes como parte de la voluntad divina; los ciudadanos y feligreses no tenían más que aceptar y aplaudir. No existía derecho alguno a evitar que imberbes de la realidad cotidiana decidieran sobre sus destinos.

Hoy, 500 años después, ¿ha cambiado esto? 

Uno podría dudarlo, a propósito del reciente ungimiento de Paula Narváez, realizado, casi como un rito religioso, desde las alturas de los pasillos del poder global, por la ex Presidenta Michelle Bachelet. Detrás de ella, ángeles y arcángeles, acólitos serviles a la religión del dinero y el poder, aplauden y se regocijan imaginando ya su vuelta triunfal al Palacio de La Moneda, ministerios, embajadas o directorios de empresas. De no ser así, aún queda el Parlamento u otros cargos de consuelo, que de cualquier forma ayudarán a mantener un estándar de vida al que se han acostumbrado.

Para poner las cosas en su lugar, debo recordar que bajo los gobiernos de Bachelet se asesinó a jóvenes mapuche, como Matías Catrileo y Johnny Cariqueo, ambos de 22 años, por parte de agentes policiales. Lo mismo ocurrió con Jaime Mendoza Collío, de 24 años, asesinado por una bala de Carabineros. 

A esto debe sumarse al autor intelectual de la designación de Narváez, Mahmud Aleuy, quien fue, desde su cargo de subsecretario del Interior, responsable de la “Operación Huracán”, en que fueron comprobados montajes y falsificación de pruebas, además del procesamiento del fiscal Arroyo, por irregularidades en la detención de mapuche. Ese hito no es insignificante, pues ha permitido comprobar que existe una política pública de criminalización sistemática al pueblo mapuche y sus demandas.

Si el mérito de Narváez es ser amiga de Bachelet, habría que recurrir al viejo refrán: “Dime con quién andas y te diré quién eres”. En ese sentido, mi juicio no es personal, sino político. En política debe atenderse a los hechos y sus resultados, no a las intenciones o los buenos deseos. De este modo y dentro de mi crítica a la política-espectáculo a la que asistimos, creo que ni el pueblo mapuche ni el conjunto del Chile excluido del modelo de desarrollo aceptarán otorgar una nueva oportunidad a quienes mostraron su incapacidad de gobernar con el bien común como horizonte permanente. 

Me refiero a ese “buen vivir” al que invitan los pueblos ancestrales y que ha estado en el centro del espíritu que anima al pueblo marginado, movilizado por reclamar los derechos que la casta política le ha negado. Es ese Chile que aún no es libre dentro de su propio territorio y que aún está en las cárceles. Es el Chile que ha entregado sus riquezas al dominio extranjero y que crea simultáneamente algunos “súper ricos” y millones de “súper pobres”.

La clase política, consecuente con su conducta habitual, se ha burlado del sentir popular y ha diseñado un proceso constituyente a su exacta medida, para que al final las cosas sigan más o menos como las conocemos. Esto resulta doloroso, pues soy consciente de que escribo mientras miles de familias se baten en la miseria material, luchando por las cosas más básicas para una vida digna y confiando en un cambio verdadero. Es probable que mi opinión tenga la validez de quien vivió la pobreza más absoluta y hoy busca condiciones de justicia para los condenados a la miseria. 

Este año los políticos filibusteros volverán a meterse en la comunidad de ustedes y la mía, con un discurso renovado, que buscará convencernos de que esta vez sí se logrará un Chile distinto. Frente a esto, solo digo que llegó la hora de decidir por nosotros mismos. 

En lo personal, sigo creyendo que «otro Chile» es posible, que la libertad no es ni ha sido nunca un regalo, sino que siempre es el resultado de una lucha por conquistarla. 

¿Por qué no hacer algo por nosotros mismos? Es justamente eso lo que estamos haciendo desde el Movimiento por el Buen Vivir. Sabemos que esto nos pone en una posición distante de los poderosos en el debate presidencial, pero nacimos para ello. Estamos dispuestos y preparados para enfrentar las adversidades, tal como lo hicieron mis antepasados y como lo sigue haciendo mi pueblo cada día.

Si muchos candidatos y candidatas hoy reciben alguna adhesión, es porque no se visualizan alternativas razonables, por lo que reciben el beneficio de ser asumidos como el “mal menor”. Pero nadie, y mucho menos un pueblo digno, se merece ese destino.

Hemos aprendido a vivir sumidos en la desesperanza, pero, si la libertad existe, es posible soñar con un mapuche como candidato a la Presidencia de la República. Esa es una espera que ha demorado más de 200 años.

La tarea de refundar una República definida por la justicia, no será un regalo, sino más bien un triunfo. En ese camino, no tengo dudas ni temor alguno, pues he visto la grandeza y valentía de mis antepasados.

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